27/8/13

UN PUEBLO AL QUE LE SANGRAN LOS PIES: LO QUE HAY DETRÁS DEL PARO NACIONAL

 UN PUEBLO AL QUE LE SANGRAN LOS PIES: 
LO QUE HAY DETRÁS DEL PARO NACIONAL


¿Qué diferencia hay para los muertos, los huérfanos y los refugiados que la loca destrucción venga bajo el nombre del totalitarismo o el sagrado nombre de la libertad y la democracia? 
Ghandi

Por: Luis Oswaldo Bernal Correa
Ensayista y filósofo

En Colombia, un país en donde el espíritu humano se adormece década tras  década hasta sumar siglos, no es extraño que haya un “Paro Nacional”. De cuando en cuando, hay paros, protestas, marchas y arengas que parecen haberse convertido en la canción de fondo de una realidad social, económica y política indignante, ofensiva e intolerable. Sin embargo, pocos se detienen a escuchar la protesta que se canta con dolor y en silencio en la rutina de los resignados.

Si hay algo equiparable con la injusticia, la agresión y la violencia a la que se ha visto expuesto el pueblo Colombiano es la intolerancia e insolidaridad de otros tantos colombianos que desconocen voluntariamente las luchas de los más necesitados, las luchas por la vida del pueblo que intenta sobrevivir con un salario mínimo; el pueblo que ruega porque sus hijos siquiera terminen la escuela; el pueblo que espera que a sus hijos “el estudio los saque adelante” para no tener que “donarlos” a los buitres de la guerra, para que a cambio de la vida y los sueños de sus hijos los llamen en un insulto eufemístico: “héroes”.

Este pueblo que ruega por un cupo o una beca ¡por amor a un Dios!, para que sus hijos puedan entrar a una universidad, o por lo menos al SENA.

Un pueblo que se construye en las manos del trabajador de la construcción, del “ruso” que levanta un ladrillo porque la vida no le mostró muy claramente cómo levantar un lápiz; un pueblo que se hunde en la tierra negra, en el lodo espeso, en la siembra ardua, en la pesca brava bajo el sol.

No hay pueblo que aguante


Un pueblo al que lo han acostumbrado a no tener nada más que ilusiones, un pueblo para quien la vida es un lujo, y la salud un obsequio al que solo algunos podrán acceder algún día de manera fortuita, un pueblo que pide a gritos que lo atiendan en una sala de emergencia, que pide que lo trate un buen médico y que la E.P.S. cubra el tratamiento y no tenga que rogar por el derecho a la salud, un pueblo al que lo engañan con regalos, al que le dicen que el “avance y el progreso” están en ese computador nuevo -que si no se lo roban, lo guardan para que nadie lo use-, un pueblo al que engañan con tabletas, Smartphone y conciertos; un pueblo que lo forman sólo para que sean empleados funcionales, un pueblo para quien la educación de calidad es un espejismo en la distancia de la vida, un pueblo que mantiene la ilusión de que educarse represente algún día la “concreta” posibilidad de mejorar la vida, sin tener que mendigar un pan, o pauperizar sus servicios profesionales a través de “contratos” de prestación de servicios, o cooperativas que se roban parte del dinero de los trabajadores sólo porque “son intermediarios” y “nos” ayudaron a conseguir un trabajo para que no nos muriéramos de hambre.

Un pueblo que espera que un día le paguen lo justo por hacer lo que hace -y hacerlo bien, como siempre-, o ¿Por qué un reciclador, o un recolector de basura debe ganarse un sueldo con el que a duras penas puede vivir? ¿Acaso no tiene las competencias requeridas para hacer el trabajo que hace? ¿Qué debe hacer para que le paguen un sueldo que le permita proyectar una mejora en su calidad de vida? ¿Necesita ser bilingüe? ¿Tener un master? ¿Cuántos años de experiencia? ¿Qué se necesita para que la pobreza y la miseria no se reproduzcan más con la venia de todos?

Este pueblo está cansado de la gente que tranza con las necesidades ajenas como hacen los “pequeños políticos” que te ofrecen en un vulgar negocio, cambiar tu voto ciudadano por algún obsequio, un cargo o un dinero en efectivo. ¿Cuánto vale la democracia en Colombia? Por lo general solo $50.000 pesos o menos.

Este pueblo hace siglos camina descalzo los caminos de herradura, las carreteras destapadas, los pastos verdes, los bosques con su follaje y sus hojas secas en el piso, a este pueblo hace mucho que le sangran los pies de tanto caminar.

Indiferencia y política

Y hoy hay quien dice en Colombia: “Protesten, pero por favor, no obstruyan las vías”; “Protesten pero, por favor, de forma pacífica, no dañen nada”…

¿Qué es acaso lo que significan estas palabras?

¿Que protesten sin afectar a nadie? ¿Qué griten en silencio? Sí, sería interesante ver algún día marchar a millones de personas por las calles de Bogotá y llenar sus vías para que el mundo se pregunte ¿Qué pasa en Colombia? ¿Qué le sucedió al pueblo colombiano? Pero lo cierto es que ese día aún no ha llegado, lo cierto es que hoy el pueblo grita y llora porque de un momento a otro, hemos empezado a mendigar la vida y el trabajo, porque de un momento a otro nos hemos visto ultrajados con condiciones sociales humillantes, o ¿cómo llamaríamos a la injusticia legalizada de que “representantes” del pueblo se enriquezcan en sus cargos y curules, legislando en beneficio de ellos, o de otros pero no del pueblo que pide leyes que protejan la vida, el trabajo y la dignidad?

¿Qué es eso “tan importante” que hacen los políticos que se merecen salarios exorbitantes cuyas cifras mensuales parecen el premio de alguna lotería, y que ofenden profundamente a los trabajadores que cuentan las horas para poder recibir algo de dinero fruto de su sudor y su trabajo?

¿Qué sucede con la gente de Colombia que nos hemos acostumbrado al robo, a la estafa, al delito… a la corrupción? ¿Qué sucede con aquellos Colombianos que esperan que pronto se acaben las protestas y el “Paro” para poder salir otra vez a pasear? ¿Qué sucede con la solidaridad? ¿Qué sucede en Colombia que sólo vemos al otro cuando nos afecta, y esperamos que la policía resuelva todo lo más rápido posible, sin conocer qué pasa, ni por qué se protesta? ¿Qué sucede en Colombia que nos resulta tan ofensiva la protesta que otro colombiano hace por sus derechos y su vida? ¿Por qué tantos prefieren dictar las normas sobre qué deberían hacer y cómo deberían protestar en lugar de comprender por qué están protestando? ¿Por qué se asume tan fácil y cómodamente la postura de despreciar TODAS las acciones populares por cuenta de hechos violentos que aunque reprochables y castigables, no reducen, ni eliminan las causas y los problemas que gestaron las protestas?

¿De dónde nos viene la idea de que “tener la vías libres” es un derecho equiparable siquiera a la vida que se están jugando quienes protestan por el amparo del Estado para que sus familias y su medio de sustento no desaparezcan, y no desaparezcan ellos también? ¿Por qué quieren acallar las protestas y “el paro” para hablar o negociar, si antes de quien hubiera paro el Estado en cabeza del gobierno no veía ningún problema y creía que todo estaba perfecto? ¿Qué es lo que tanto molesta? ¿Por qué ahora quien protesta es culpable de la “Crisis Nacional” y se les pide que “no protesten más” porque acabarán con el país? ¿En qué momento la retórica cambió los papeles para que la dignidad y el dolor lo cambiáramos por el orden y la “paz del bolillo” y la acostumbrada persecución, bajo la mascarada del “exceso de fuerza”? Frente a quienes se preguntan hoy ¿porqué las protestas de unos afectan a otros? Hay que responder que la intensión de toda protesta es vincular por fuerza de la misma, y por vía de la afectación a quienes viven una realidad distinta en el mismo territorio, “parar el país”, detener su marcha para que todos nos demos cuenta de lo que está pasando, y dejemos de hacernos los de la “vista gorda” ante las necesidades ajenas.

Las consecuencias

Este paro es la evidencia no planeada de la inconformidad social que existe en Colombia ante la humillante desigualdad que nos caracteriza como país, en donde la miseria se ha convertido en un problema estético más que social, en donde la dignidad, la honradez y la decencia se mide por la marca de ropa que llevas encima, y en donde la educación no se sabe para qué sirve en realidad.

Este es sólo un paro, uno de muchos, el más reciente de muchos, pero es una nueva oportunidad para buscar en la solidaridad de quienes tienen los mismos problemas alguna salida; ésta es la oportunidad para que alguien vea por un instante la penosa condición del pueblo Colombiano, que alguien más allá de nuestras pasiones partidistas, fraccionarias y políticas que juzgan todo desde sus colores y premisas, reconozca que este país late y lucha por debajo de los titulares y por debajo del precio del dólar cada día.

Esta es una nueva evidencia de que Colombia, por más que un siglo entero de luchas la hayan desangrado, aún quiere vivir dignamente, sin inequidad, sin injusticias, sin tener que apostar la vida todos los días por un mendrugo de pan. La única consecuencia posible ante la insolidaridad y la indiferencia será la condena de este país a reproducir las condiciones de miseria que han perpetuado en Colombia indignas condiciones de vida, que nos llevan inevitablemente a la muerte. Colombia quiere vivir.




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