12/2/10

Transmilenio: La fábrica de salchichas enlatadas


Dos auxiliares en silla azul...[Foto: Alejandro Cifuentes]


Gracias a Santiago Diaz por tan aguda observación.
Por: Luis Oswaldo Bernal Correa

Dedicado a todos mis amigos y amigas que sufren en trasmilenio.

Los bogotanos desde hace ya varios años entre gritos eufóricos y silencios prolongados, -valga decir que es mejor no acordarnos de la fecha exacta desde la que nos declaramos “mejores ciudadanos” en vez de seres humanos para no convocar las lagrimas antes de tiempo- asistieron religiosamente para entrar en el sistema masivo de deshumanización Transmilenio. Al que los usuarios llamamos… con poco cariño “trasmilleno”, “trasmiforcha”, “el bus ese…”, “el amigo que nos jodió la vida” etc., y que para efectos de este artículo lo recordaremos como “la fábrica de salchichas”. Pero no se equivoque apreciado lector… la movilidad es un tema tan trivial que lo menciono más a manera anecdótica que por merecer la escritura seria de siquiera una página.

Torpe conato de solución

Bueno es saber que el origen de esta “Super” solución para la movilidad de la capital colombiana respondió a la crisis que el transporte estaba presentando en ese entonces, y recuérdese que aún no se ha solucionado nada, por ejemplo, el exceso de automotores en la capital, la circulación de buses, busetas y colectivos aptos para la chatarrización, la falta de vías adecuadas para la movilidad, y la escasez de rutas y automotores de servicio público que satisficieran la demanda de los bogotanos.

Ahora bien, la audacia de ciertos políticos y empresarios dieron a luz el más mezquino y torpe conato de solución que se les ocurrió (Transmilenio), aunque de hecho es una excelente fuente de ingresos para los vinculados al manejo de Transmilenio en sus diferentes instancias, y obviamente, una de las vías a largo plazo para el robo y el abuso de los ciudadanos y su paupérrimo capital decreciente.


Lo que nos roban diariamente

En todo caso, vano es señalar que el sistema como tal es un sistema de atraco a los seres humanos que sobrevivimos en una ciudad como Bogotá, eso siempre lo hemos sabido, y este atraco pasa a sumarse a una serie de normas, elementos y actores dispuestos en la ciudad para restringir toda posibilidad de sano desarrollo personal, social y comunitario… en últimas esta serie de elementos nos quita la humanidad… nos desgarra…nos empuja… nos manosea… y nos roba… como nos roban la billetera… así, sin más, nos roba lo que llamamos humanidad.


Recordemos cómo la “fabrica de salchichas” antes de que llegara a ser masivamente usada, era un medio de transporte exclusivo y excluyente dado su precio y su modo de funcionamiento (rutas mediante mapa), el cual era utilizado por un porcentaje mínimo de bogotanos, lo que dio la falsa idea de ser un medio de transporte eficiente y seguro. Pero… ¡Oh! Sorpresa. Todo cambió cuando las rutas de Transmilenio empezaron a invadir irreversiblemente el terreno de las rutas del servicio público corriente, ejecutivo y colectivo, a lo que se le sumó la prohibición a estas últimas de transitar por las mismas vías que “los busecitos rojos”.

De modo que, casi imperceptiblemente los humanos que habitábamos Bogotá en ese entonces nos vimos silenciosamente conducidos a las fauces del sistema porque empezaron a ser desplazadas nuestras rutas habituales de transporte y luego fueron paulatinamente extinguidas con la llegada de los “busecitos verdes”… los alimentadores del sistema.

Un cambio que muchos no entendieron pero que estaba íntimamente ligado con ideas publicitarias de desarrollo, progreso, avance de la sociedad, de pasar de ser tercer mundistas a “ciudadanos de verdad” y no por lo que implicara la llegada de un sistema como el de la “fábrica de salchichas” sino por lo “bonito…”, por lo que se parecía tanto a los “buses de Londres”, a los que muchos habían visto en Europa… lo que sirvió para que más de un iluso creyera superado el subdesarrollo mental que nos tiene aceptando aberrantes ideas extranjera puestas en práctica con nuestro presupuesto sólo por el privilegio de ser humillados cotidianamente.

Rituales de la idiotez

Sí, sé que los viste… llegaron religiosamente acomodados uno tras de otro, creyéndose hijos de mejor familia… uno tras otro llegó pagando más de lo que su sueldo les permitía, ¡hum! Pero claro que valía la pena, la novedad significaba mejora, crecimiento y avance en esos primeros días de lujo masivo. Pero en lo que dura un pase de manos todos nos vimos obligados a caer… caer bajo… todos fuimos conducidos al mismo sendero… y no porque el sistema fuera eficiente o bueno, sino porque aún y con todo lo bonito de la “fábrica de salchichas”, ésta necesitaba de materia prima, y para ello acabaron con otras rutas de transporte afectando directa y exponencialmente a los que vivían del transporte, pero se sabía que alguien tenía que pagar el precio de la modernización y… ¡Adivinen quién lo pagó!
Pero la cosa se agravó cuando más y más gente empezó a ser obligada a subirse al bus rojo…la cosa se complicó cuando cobrando más… el busecito rojo llegó a barrios populares atracando de frente y sin pena el bolsillo de todos, al obligarlos a pagar más por un transporte que en “un dos por tres” mostró su inicial, presente y futuro fracaso.


Y Dios hizo la fábrica de salchichas

La gente hoy camina con la cabeza gacha, con los pies livianos y con el seño fruncido. Hoy inmediatamente después de desayunar –y recordemos que no todos tienen ni tiempo, ni plata para ello- su presencia se siente llegar. La gente acelera los pasos una vez ha puesto un pie en la calle, y no porque vaya tarde, sino porque el sistema es lento y los demorará más de lo que los demoraba antes. Porque tomar un bus que hace cortas paradas programadas en ciertas estaciones nunca implica que tú vayas en el bus… El sistema es rápido, pero nunca suficiente…y al final abordar o no un bus termina siendo una decisión ética profunda ante la cual lo que creamos no cuenta… hemos perdido la libertad de decir “No subo”, hemos sido obligados a darle vida a la “fábrica de salchichas”.


Y entonces atareados, con el afán en nuestros pies, hemos de empezar a hacer filas que pronto son tumultos en los que nuestra humanidad y el gozo de estar vivo en algunas mañanas hermosas se disuelven extremadamente rápido. En un parpadeo estamos en medio de muchas “ex personas” porque a estas horas de la mañana cuando la ciudad despierta aceleradamente, todos yacen de pie convertidos en materia prima, en cerdos humanoides-como podrá deducir quien conozca de qué están hechas las salchichas-. Y empieza la rutina de ser animales de baja estirpe, empiezan los empujones, empiezan las miradas agresivas entre unos y otros, empieza el taconeo apresurado como si a más desesperación el bus o cinta transportadora apareciera más rápido, y más ilusos quienes creen que aparecerá justo con un lugar para cada uno de los desesperados animales.


Y la decisión ética que estos cerdos humanoides es la de ir al matadero o la de ir al matadero, porque como ya se dijo, las alternativas fueron y serán sistemáticamente eliminadas. Y así, sin un lugar dónde ubicarse, la turba momentánea empuja a unos y otros buscando hacerse un mísero espacio en el piso del bus de 20 cm x 20 cm, justo para caber de pie con las manos entre los genitales y la billetera para que no nos roben, ni abusen de nosotros algún o alguna imbécil insatisfecho (a) sexual. Y respirando con dificultad al que mejor le va es a quien pone su espalda en la puerta y su panorama es la calle… ¡pobre de quien respira el perfume mañanero de algún ejecutivo de a peso a quien nuestra nariz descubre con su tacto! Mientras, extrañados, todos se tocan con todos, y entre tanto, algunos robos matutinos auguran al profesional del hurto un buen día de trabajo.


Así, lo que empezó con un leve afán se convirtió en el tormento de una hora (promedio) mientras dura el desplazamiento tortuoso del que somos la materia principal. Somos tan buenos cerdos que en media hora nos convertimos en excelentes salchichas.


Y este transitar lento se culmina cuando –como toda salchicha- adopta su forma final, esa forma erguida y plastificada con nudos arriba y abajo, en nuestra mente y en nuestros pies… ni pensamos, ni hacemos nada.

Si desea saber si usted se ha convertido en una salchicha, sólo recuerde que estará lista cuando en la “lata roja de salchichas” no quepa ningún cerdo más… cuando vea a otros con igual o mayor afán que el suyo, y usted está adentro y los demás quieran entrar y disimuladamente se hace el incomodo –o por lo menos un poco más- de tal suerte que la puerta no puede ni abrirse, y al menor movimiento usted lanza una mirada hiriente a cualquiera frunciendo aún más el seño… esperando que pronto se cierre la puerta. Lo último que le indicará su sutil transformación es que ya ningún comentario idiota sobre el sobrecupo saldrá de sus labios… porque los cerdos y las salchichas no hablan.


Ocurre así todos los días, ocurre una transformación increíble y profunda…henos aquí como parte del desarrollo que otros soñaron copiando, he aquí que perdemos la alegría, la confianza y los sueños, basta que usted ponga un pie en la “fábrica de salchichas”. De modo que, si un día por alguna extraña razón se levanta creyendo que la vida es bella o que puede ser el día más grandioso… ¡Tranquilo! Vaya juiciosamente a la fábrica de salchichas que allí le serán borrados todos los rasgos de humanidad que usted presente.


Hoy la “fabrica” está en expansión, abarca cada vez más espacios sanos para pervertirlos, y desplaza los pocos vestigios de humanidad, de los que nuestros hijos no tendrán sino cuentos antiguos. Vestigios de los que nosotros contaremos historias nostálgicas de viajes en busetas con cojinería, de carreras entre buses que nos despertaban del sueño que pudiera quedarnos de la noche anterior, o de cómo el vaivén de los trancones nos arrullaban prologando los sueños o reponiéndonos con una buena siesta que era acompasada por la música de la preferencia del conductor… o de las noticias que en la mañana y en la tarde siempre nos permitía estar al tanto de lo que sucedía en el mundo gestándose espontaneas conversaciones sobre diversos temas, contrario al aislamiento inducido por los audífonos y la música exclusiva que emite el motor de la “fábrica de salchichas”.


Sin darnos cuenta ese afán por ser “mejores ciudadanos” y actores del progreso terminó generando la falsa y forzada cultura de ceder una silla azul a un anciano no porque nuestra libertad y voluntad lo dictara sino porque la presión social, el “superyó” en su máxima expresión así lo ordenaba. Ya ni hablar con el conductor se puede porque un letrero en la parte superior de la cabina de conducción lo ha silenciado, de modo que, nadie pelea con nadie…y la razón no es la excelente “cultura ciudadana” es la indiferencia que aumenta en cada viaje.


Y para quien persista en compararse con mal dichos países desarrollados he de confesarle… sin levantar mucho la voz para que nadie se indigne –jajaja como si fuera posible en esta ciudad que alguien se indignase genuinamente- que Sí, un SÍ rotundo.

¿Un sí a qué? Un Sí a que son idiotas consumados…inhumanos por excelencia que para no sentirse solos y despreciados han impuesto estas dinámicas al mundo... para que todos seamos como ellos… pulcros, limpios, inmaculados… en ultimas… para que seamos parte de la sociedad enferma que dicta normas intangibles en las mentes de los idiotas que gobiernan y consideran a Colombia como su finca, y que niega la posibilidad a las entrañas de este país desangrado de ser.


Y he aquí que también me fabrican como salchicha. No obstante, prefiero la lentitud humana a la eficiencia de las salchichas.

Posdata: Las mejores imágenes de la fabricación de salchichas en Bogotá las consigue en